domingo, 13 de mayo de 2012

Voces

¿Los pobres serían lo que son, si nosotros fuéramos lo que debemos ser?
                                                                                 Concepción Arenal.

Llegan ecos  
que diseminan el miedo
y la preocupación.

Nada merece ser popular,
sino todo pura "ELITE".

La catástrofe parece definitiva.

Las visiones parciales
de gente de “bien”
se hacen propias,
se materializan en nuestros miedos,
en la más rotunda de las negaciones.

La exclusión parece definitiva,
sin excusas
ni distinciones.

Sobrevuela con naturaleza la caza
y virtual exterminio de los niños pobres.

Los trajes deben imponerse
sin importar el talle que usamos.

 “Nuevas” tecnologías de aniquilamiento
como práctica habitual. 

Buscan deshumanizar,
cuando pretenden
que junto a ellos
despreciemos las vidas de esos niños pobres,  
por pobres
y porque no les resultan útiles ni rentables
y porque desde el poder
consideran sus vidas 
indignas de ser vividas.

Los trajes buscan eso:
el desvío de las angustias populares
hacia la inseguridad urbana. 

Si no despertamos de manera súbita
las voces de esos niños
estarán siempre ausentes
aun después de la muerte,
y jamás llegaremos a conocer sus nombres.



domingo, 6 de mayo de 2012

El color es lo de menos

"Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol." 
                                                                                       Albert Camus.

Había visto fotos de cuando yo tenía dos o tres años, pero no recordaba haberla disfrutado y mucho menos recordaba el día que me la habían regalado, así que se imaginaran la bronca que me daba no saber cuál había sido su destino.
Por entonces no tenía más de ocho años. No era lo que se dice un hombre, pero sí un chico decidido que no tenía ningún tipo de dudas sobre lo que quería, y a esa edad…los deseos se intercambian sutilmente entre lujosos y añorados juguetes intercediendo de vez en cuando el anhelo de alguna suculenta golosina. Tampoco era un tonto. Sabía muy bien que a mi viejo la venta de muebles no le iba como él y mi necesidad caprichosa deseaban. Me daba cuenta porque cada vez tardaba más tiempo en llegar el camión proveniente del Chaco con los muebles de recambio; y además las vidrieras solo cambiaban de orden y se renovaban mucho menos que en años atrás; eso que el viejo nunca aflojaba, madrugaba como siempre, incluso más, pero la situación parecía estar estancada, sostenida por un fino hilito en medio de un pozo que conducía al vació.
Otro síntoma de que la cosa no marchaba bien eran las peleas con la vieja. Ellos se querían y siempre estaban bien, verlos discutir era más difícil que conseguir la figurita de Maradona para el álbum del mundial noventa, pero así y todo tenían sus arranques por la plata y en mi presencia, algo completamente inusual.
Un día entré a la mueblería despacito, sin decir nada, para sacar un bizcocho de la bolsa que había quedado del día anterior, el viejo ya había cerrado y fue ahí cuando dije “pucha, estamos mal de verdad”. Lo había visto desplomado en el sillón de almohadones verdes que era comodísimo, yo en más de una ocasión me había quedado dormido ahí, pero el viejo nunca, él era incapaz de dormir en cualquier lado, lo vi frotándose  la frente y me pareció verle unas lágrimas, al verme se sorprendió, me sentó en sus rodillas y me contó un cuento que no me acuerdo bien de qué fantasma se trataba.
Hoy no estoy seguro si las vi o fue mi imaginación, pero la tristeza que había en su cara era merecedora de más de una lágrima. Estaba abatido y eso me llenaba de miedo porque sin ninguna duda era el ser humano más fuerte y valiente que conocía.
Esta difícil y compleja situación me ponía triste, pero yo tenía mis preocupaciones, las de un chico de ocho años. A mí no me importaba seguir comiendo guiso de lentejas todos los días o picar todas las noches de la oferta de fiambre que vendían en el almacén de Coco. Yo entendía perfectamente que éramos tres hermanos, que el abuelo vivía con nosotros y que no podía cobrar la jubilación no sé por qué carajo. Si la cobrara… el abuelo seguro la repartiría entre los tres nietos y ahí se me hubiese solucionado todo, pero las cosas no eran así de fácil. Yo quería la pelota y mis alternativas (al estar desechado el abuelo por cuestiones inentendibles y el sueldo de mi mamá a los gastos de la casa y el colegio) estaban todas reducidas a la billetera de mi papá.
Para colmo había empezado a practicar oficialmente para Talleres y nadie me pasaba una bocha. Yo estaba convencido que si tenía mi propia pelota en casa el asunto iba a ser distinto, practicaría contra la pared del patio, no se…dos o tres horas… aunque sea una hora antes de la práctica y eso me daría otra presencia, otra jerarquía, iba a estar con una habilidad tal que me iba a convertir en el depositario de todos los pases de mis compañeros, porque uno, de manera casi mágica, cuando ve a un jugador con habilidad inmediatamente lo reconoce, de eso no hay dudas.
Esas largas y lógicas conclusiones me llenaban cada de una rabia creciente que no sabía con exactitud a quién estaba dirigida, y al fin de cuentas no servían de nada porque yo a la pelota no la tenía.
En un momento llegué a sospechar que mi viejo tenía la plata, pero como el era de Boca y yo me había hecho de River por influencia del abuelo,  el castigo era  no dotarme de ese bien tan preciado. También llegué a enojarme con papá Noel y con los Reyes Magos ¿Para qué quería una lapicera con cartuchos recargables o un par de zapatillas para “ir a la escuela”? si para mí, mis zapatillas de lona azul gastado todavía andaban de maravilla y el viejo tranquilamente me podría haber dado una de las lapiceras con la propaganda de la mueblería. Yo sólo era un pibe de ocho años que quería su pelota. ¿Era tan difícil de entender?
Una tardecita de julio, con un frío crudo y un color gris de fondo propio de la melancolía del otoño a punto de partir, cuando volvía de practicar en el club de la mano de mi mamá, lo veo a mi papá en la puerta de casa con una sonrisa de oreja a oreja. Algo pasaba y no estaba equivocado. Había vendido el juego de living que hacía más de dos meses que estaba en la vidriera. En ese momento pensé que era la oportunidad para que me compren la pelota. Enseguida mis viejos se abrazaron y lloraron y gritaron que iban a poder pagar la luz, el tgi, y qué se yo cuántas cosas más que no se parecían en nada a una pelota.
Esa misma noche, a pesar de la jugosa venta volvimos a comer el fiambre surtido de cada noche. En la sobremesa reinaba una felicidad imperturbable y como quien no quiere la cosa resignado a la posibilidad de la pelota sugerí:
-¡Qué lindo sería comerse un alfajor Dieguito Maradona!, además capaz que lo como y empiezo a jugar como él…
Todos rieron alborotadamente, pero la sonrisa de mi viejo era especial, apagó el pucho y dijo:
-Yo te lo compraría…pero Maradona es de Boca…y que yo sepa vos sos de River…
-Sí pero Maradona también es de Argentina y yo soy Argentino-sentencié con cierto enojo.-
-Está bien-dijo el viejo, pero esta vez serio- Yo te lo compro pero cuando vuelvo tenés que decir que sos de Boca.
Había tejido una telaraña indestructible, me había sumergido en una situación peor que en la que se encuentra un kamikaze a punto de cumplir su misión, estaba frente a un muro indestructible mientras la espada se acercaba lentamente hacia mí. Dudé unos segundos y cuando levanté la vista lo vi sonreír al abuelo, lo cual automáticamente me autorizó a decir que sí, que aceptaba el trato. Total quién se iba a enterar de lo que dijera, hacía mucho que no comía un alfajor y no podía postergarlo hasta la próxima venta auspiciosa.
Mi viejo tomó el abrigo y preguntó que querían los demás mientras esbozaba la marca del triunfo. Se retiró y dijo que en cinco minutos volvería.
La espera se hizo eterna, en verdad era raro, yo que había controlado el reloj cada cinco minutos me alarmé porque ya habían transcurrido más de cuarenta y cinco, y nadie, absolutamente nadie del resto de la familia parecía notarlo. Todos hablaban de cualquier tema mientras yo empezaría a comerme los dedos después de devorarme cada una de mis uñas. Quizás les parezca una tontería, pero para un chico de esa edad las razones de felicidad y los motivos de angustias se limitan (al menos debería ser así) a la satisfacción inmediata de sus deseos más amables como en este caso era poseer una pelota para practicar el hermoso juego que es el fútbol, para relacionarse con otros chicos de su edad y sentirse reconocido, para aprender a compartir y empezar a ser (aunque sea un poquito) sin los demás.
Pegado a la puerta, inmóvil como una estatua de museo escuchaba pasos pero ninguno llegaba a la puerta de casa. De repente empecé a escuchar con fuerza los ruidos que solo podían producir los mocasines de cuero del viejo, cada vez  más apresurados y cercanos, era él, no había dudas.
 Escuché la llave que entró en la cerradura, me apresuré aún más hacia la puerta que apenas se abre me tiene inmediatamente ahí gritando: “¡¡Soy de Boca!!”.
Mi papá se detuvo en la puerta con sus brazos y manos escondidos en la espalda, me miró con una felicidad exultante y me dijo:
-Bueno. Si sos de Boca… ¡Tomá! Extendió sus manos hacia delante y entre ellas se encontraba una hermosa pelota de cuero con los colores azul y amarillo y un escudo de Boca en uno de sus brillosos gajos.
A mi papá de a poco se le fueron empañando los ojos, mientras que los míos no podían creer lo que veían, sentí que había llegado al otro lado del arco iris, el corazón parecía salírseme del pecho y mis piernas vaticinaban miles de goles contra el portón que llenaba de golpes con las improvisadas pelotas hechas de medias. Enseguida abracé al viejo y no me hice esperar:
-¡Ahora vamos a jugar a ver si anda bien!-fue lo único ingenioso que se me había ocurrido- y a pesar de que eran las doce de la noche y la mueblería a más tardar debía abrir a las ocho de la mañana, mi papá aceptó desafiante, con una alegría medida pero igual o incluso mayor que la mía.
Costó un poco convencer a mi mamá que sólo eran cinco minutos, pero finalmente accedió. La vieja casi siempre cedía ante mis súplicas.
 El juego comenzó solo unos segundos después en pleno comedor, con la puerta de la cocina haciendo de mi arco y las patas de una silla haciendo las veces de portería de mi papá.
Seguramente ese haya sido el partido que más entusiasmado jugué en mi vida. El resultado no lo recuerdo con claridad, si puedo asegurar que exactamente a las dos de la mañana el partido se vio interrumpido después que un disparo furibundo de mi pie derecho hizo pedazos el centro de mesa de cerámica que mi mamá había olvidado sacar del estadio. No había vuelta atrás, quien oficiaba de árbitro luego de despertarse no daría marcha atrás, se había suspendido. Mi vieja se transformó de golpe en el más recto e inviolable referí que jamás había visto.
Esa fue mi primera pelota, la que aún hoy guardo en lo más preciado de mi corazón, siendo los colores azul y amarillo que la adornaban…un dato sin importancia.


miércoles, 18 de abril de 2012

Vos…tendrías que haber leído


Advertencia: Los siguientes hechos son reales, cualquier coincidencia con la ficción corre por entera responsabilidad de quién escribe.

Hay momentos en la vida, digamos…después de los 28, 29 años en que los sábados parecen adquirir más o menos la misma significación, esto es un asado acompañado de un vino, charlas que giran en torno a cuestiones laborales, fútbol, algún que otro desamor y la constante evocación de todo lo que se hizo en tiempos pasados; y a decir verdad no es un plan para nada despreciable. Sin embargo, en algunos lugares, alejados de la vertiginosidad que provoca la post-modernidad, siempre hay un grupo de personas (generalmente asiduos consumidores de bebidas alcohólicas) que son capaces de romper con esa monotonía triste que impone la rutina.
Los personajes de esta historia son tres, aunque con seguridad también lo podrían ser otros tantos.
El Cabezón sale de la tienda con un pantalón blanco en una bolsa de cartón gris y antes que el Peluca le pregunte cuánto le salió la pilcha tira el ticket con cierto aire de satisfacción. Se sube al auto y los dos quedan de acuerdo para verse después de comer y anclarse en algún bar a tomar una cervecita.
Peluca llega a su casa y se pone a tomar un tinto junto a su padre, que mira el noticiero y al escuchar hablar de un robo no duda en sentenciar que por eso está armado, y que hay que cagarlos a tiros a todos.
El Cabezón entra a la computadora para retocar unas fotos que tiene guardadas para sacar las arrugas que delatan sus abriles pasados antes de subirlas a Facebook.
En otro lado, lejos de las compras y los noticieros, el Pelado trabaja en el turno de la tarde de la fábrica, su dilema consiste en la definitiva y decisiva elección a la que lo someten una medialuna salada y una bolita de fraile con dulce de leche; sin culpa alguna el Pelado elige el dulce de leche y mientras saborea en el palco de control, sobrecarga de trabajo a Vicente y Boragina, haciendo valer su jerarquía en la empresa. Mira el reloj y son las once y media de la noche, lo que la da placer, ya que es sábado y en media hora estará de copetines.
El Peluca y el Cabezón a esta altura se encuentran en un bar que se enclava justo en el medio de las tres cuadras  que la ciudad ofrece como zona céntrica. Peluca toma whisky y el Cabezón unos daiquiris o algo de eso. Después de varias rondas, aparece el Pelado, que salió de trabajar y de manera automática se fue a la panchería a cenar, el Pelado es una especie de adicto a los panchos y casi a cualquier cosa que vendan en un carrito.
De repente, casi sin darse cuenta, están los tres medios borrachos y prácticamente solos sin nada que hacer y a esa altura sin nada de qué hablar. Es justo en ese momento, en donde, de alguna manera comienza la tragedia. El Peluca, movido por el alcohol y quién sabe que extrañas necesidades sexuales, sugiere ir al boliche del Ale, un boliche que está a la vuelta de la nada misma, bien en el medio del campo pero la soledad pesa a medida que pasan las horas, y ahí nomás se armó la discusión, estoy cansado dice el Pelado, no hay rubias afirma el cabezón aunque enseguida se convence al asegurar que una vez vio una y que encima tenía ojos celestes; si el problema es el viaje vamos en la chata dice Peluca, y es así que sin más preámbulo ponen en marcha el viaje.
Llegan, y la verdad, que en el boliche… mucho no pasa, el Cabezón hace gestos a lo Iván Noble porque una morocha le dijo que no quería bailar, el Peluca se puso a discutir de economía con el que cuida los baños y el Pelado se tomó dos porrones de un saque y quedó Knock out.
Ya fusilados y con el sol asomándose, deciden emprender el viaje de regreso y es ahí donde la cosa se pone interesante.
A los tumbos, y con la responsabilidad de manejar el Peluca se acomoda primero, el Pelado está desmayado en el asiento de atrás y el cabezón está meta mirarse ivannobleciado en el espejo retrovisor.
Ahí, cuando parece que todo terminó Peluca intenta acomodar el asiento y toca un metal frío, se fija y no es otra cosa que el revolver de su papá; motivado por la angustia que suele producir el whisky o por la bronca de no concretar alguna conquista amorosa, el Peluca sale de la chata, mira alrededor y observa que de a poco sale la gente del boliche, se ríe y dispara tres tiros al aire, es más, alguien le dice que está loco y el se enoja y vuelve a disparar al aire. El estruendo hace correr a los trasnochados y hasta hizo despertar al Pelado del sueño profundo que lo aquejaba, mientras el Cabezón no para de decir boluuudooo.
Hasta ahí, la historia ya merece ser contada, pero eso no es todo. Después de los tiros Peluca se subió a la chata y emprendieron el viaje de regreso. El pelado volvió a  desmayarse y los otros dos se reían de lo que habían generado, se cagaron todos vociferaban, como si fueran grandes triunfadores.
Ya cerca de la ciudad, Peluca se da cuenta que un patrullero los sigue, para y de inmediato se ven rodeados por varios móviles y muchos agentes que los apuntan con todo tipo de artillería. Los tres son detenidos y esposados, menos Peluca que es el encargado de manejar. El Pelado se despierta ya en la comisaría y pide que le aflojen las esposas para poder descansar mejor y así lo hace, mientras que al Cabezón se le pianta un lagrimón porque sus muñecas, un poco gruesas digamos, no dan chance para aflojar la presión que ejercen las esposas.
Pasan las horas, y siguen detenidos contestando a todo tipo de interrogantes, que de quién es el revolver,  que qué querían hacer, que cómo se llaman, en definitiva por qué son tan pelotudos. Ya en plena mañana aparece el padre de Peluca que dice que el revolver es de él y que lo tiene por seguridad y muchos argumentos más.
Peluca aprovecha la envestida del viejo y juntos comienzan a negociar, intentando darle fin a partir de alguna contribución económica. La autoridad accede y todo llega a su fin, salvo que la policía confeccionó una especie de acta que deben firmar para poder quedar en libertad. En ese momento Peluca y el Cabezón firman de inmediato, pero el Pelado está verdaderamente muerto; sin embargo se despierta y con la voz ronca y los ojos rojos dice que él antes de firmar lo tiene que leer. Los otros dos lo miran atónitos sin entender nada, mientras uno de los canas contiene las ganas de darle un buen garrotazo. El Pelado se pone encorvado y levanta el mentón justo con la hoja frente de sus ojos. El Cabezón y el Peluca, literalmente lo quieren comer crudo.
Pasan 5 minutos, el Pelado da vuelta la hoja y tarda otros 5 minutos que para el Peluca y el Cabezón parecen ser 10 años, entonces hace un gesto de resignación y firma.
Finalmente salen, y enseguida el Cabezón le recrimina al Pelado su demora para firmar, el Pelado sonríe con cierta ironía y contra ataca notoriamente indignado, mirá Cabezón, argumenta el Pelado, yo lo que hice, lo hice por los tres y vos me podes decir cualquier cosa, pero yo no pude leer un carajo del pedo que tengo, pero vos, que estás fresco, deberías haber leído.

viernes, 6 de abril de 2012

Alguien al margen


¿Qué demonios saca un hombre de pensar? Sólo problemas.
                                                             Charles Bukowsky


En la esquina de siempre en la que lo veo dejado, ha repetido su ropa así como también su ansiedad nerviosa de todo el día.
Una botella se asoma entre sus trapos harapientos.
Consulta la hora a los pasantes y estos se alejan, le temen. Cruzo la calle porque no soy más que él, porque si me golpea lo soportaría…
-        Nueve y media -le digo- y le pregunto como está y qué cuenta de su vida…
Me ve de costado y hace una mueca extraña, saca un papel y me pide una birome y escribe lo siguiente:
-         “Estoy loco, tanto como usted curioso joven de clase media”…
Asentí con la cabeza y volvió a escribir:
-        “Pero soy inteligente…tanto como ese que llamaron Einstein”…
Sonreí y escribió nuevamente mostrándome la hoja:
-“Soy grande, inmenso, tanto como un dios, soy inmortal, tanto que mi alma ya divaga por la eternidad…soy transparente tanto como un agua viva, provoco miedo tanto como un fantasma”…
Me senté junto a su cuerpo maltratado y esta vez  escribí yo mismo en el papel:
-        “Qué suerte tiene usted”.
 Él  hizo un gesto de confusión con su entrecejo y contestó debajo de la hoja:
- “¿Suerte?...olvidé decir que soy silencioso, tanto como alguien que ha fallecido… ¿podría usted dejarme solo?”.
Asentí otra vez y me fui.
De ahí en más no volví a verlo.
Deseo que donde quiera que esté sienta sus venas temblar y sus sienes latir, haga de sus cabales una obra de arte puesta sobre un papel, y si decide retirarse (espero no sea así) del mundo que lo marginó…escriba antes sus memorias…y que por favor…las deje a mano…

martes, 27 de marzo de 2012

Es la vida que nos toca

                                                                                                                                                                                             Por Ariel Fernandez


" Podemos condenar la pobreza pero no tenemos ninguna simpatía por los pobres"
                                                                                                       Francois Dubet.



Quizás haya vida después de la muerte. Pero lo que en verdad me preocupa es que no haya vida antes de la muerte. Vida como signos de alegría, de juegos capaces de expandirse entre la sonrisa de cualquier persona, de todos los niños que habitan este mundo. La realidad es que no podemos llamar vida a cualquier cosa. La vida no es bella, por cierto, a pesar de nuestros engañosos y blandos intentos. Sin embargo, no sé cómo ni por qué, pero lo añoro y espero y creo y busco un esfuerzo cotidiano por embellecerla. Trabajo de alfarero, que de la tierra, el agua, el barro, modela lo bello y lo útil para crear algo mejor, algo que no existía.
Para embellecer la vida, hay que tener ganas, hay que tener flores, hay que tener amor, hay que tener alegría. Nada de eso sobra, todo de eso falta para cientos de miles, para millones de pequeños que sólo predican un futuro oscuro y lúgubre, que miran para atrás para interpelar su corta historia en la que únicamente perciben dolor.
Yo solo veo a uno, dos, quizá veinte por día.
Los veo, casi nunca los miro, no me animo a mirarlos.
A veces, el billete arrugado, y entregado con urgencia, sirve para pagar el peaje y continuar transitando por la autopista de la indiferencia. Quizá no haya vida antes de la muerte. Después de todo, morir es dormir un poco, como explicaba el personaje de una vieja película. ¿Cuántas personas hay, en este momento, tan cerca de dormir un poco, aunque en ningún registro figuren como pacientes terminales? Si el hambre es un crimen, y los niños tienen derechos y la angustia de un niño se esconde en la alegría de otro niño ¿dónde están los asesinos? ¿Y los copartícipes necesarios, y los cómplices, y los indiferentes, y los que se benefician aumentando precios, escamoteando las ofertas y ocultando las marcas más baratas?
Todo parece terminar en la fría y perversa sensación (maldita y estúpida sensación) de aceptar sin miramientos la vida que, a pesar de nuestra voluntad, nos toca.

Fotografía: Andrés Paolucci.




miércoles, 21 de marzo de 2012

Recordar ¿Para qué?

     Si nos espera el olvido, tratemos de no merecerlo”
                                                                          Alejandro Dolina.

El 24 de marzo de 1976 las Fuerzas Armadas derrocaron a través de un golpe de Estado al gobierno constitucional presidido por la viuda del General Perón, y lo sustituyeron por una Junta integrada por representantes de las tres armas: Jorge Rafael Videla (Ejercito), Emilio Eduardo Massera (Armada) y Orlando R. Agosti (Aeronáutica). El golpe de Estado se planificó en secreto y se realizó con una violencia nunca antes vista en nuestra patria, que violó los mas elementales derechos humanos como la vida (se ejecutaron miles de personas) o la integridad física (se aplicaron métodos aberrantes, como la tortura). La experiencia política desarrollada en la Argentina, que se denominó Proceso de Reorganización Nacional, constituyó el punto de partida de un "procedimiento", que culminó con el sometimiento de la República al sistema globalizador denominado Nuevo Orden Internacional. Los engaños y las traiciones se agudizaron, militares y civiles gestaron este episodio hasta en los menores detalles: desembarco triunfal, humillación y derrota ignominiosa. De esta manera, ningún militar tendría, ahora, cabida en la “Argentina del Nuevo Orden”, ni los soberbios ni los éticos. El Plan se había cumplido cabalmente. Lo que siguió fue más de lo mismo. Los sucesivos gobiernos constitucionales aseguraron esta dependencia hasta el extremo en el que hoy vivimos, de que sus ministros y gerentes son nombrados por el FMI. El Proceso de Reorganización Nacional fue la mayor maniobra, la más cruel y mentirosa, que permitió doblegar el espíritu nacional, humillarlo, enfrentar a su pueblo, crear la desconfianza y sembrar la miseria. El 24 de marzo seguramente es un día gris para la mayoría de los argentinos, pues se recuerda la llegada de los militares al poder, la destrucción de esperanzas a mansalva. Se rememora el terrorismo de Estado que significó el asesinato de miles de ciudadanos. Se recuerda la violación sistemática de los derechos humanos que dejó heridas imborrables en la sociedad. Se resucitan a aquellos, que luchando por un ideal (los ideales, permítanme la aclaración, son los que generan cambios y guían el optimismo), pasaron a ser “desaparecidos”. Se recuerdan cosas a las cuales ya no se quieren volver...represión, persecución, muertes. Se revive parte de la historia que muchos pretenden borrar, pero se rescata la historia que no se debe olvidar porque estamos hechos de ella, porque estamos obligados a ser más recuerdo que olvido para no repetir la pasividad de la injusticia y de la muerte. Por eso…Si queremos recordar de verdad, debemos cuestionarnos y repreguntarnos ¿Para qué sirvió aquel golpe? Para dar vuelta la estructura social y económica de Argentina para lo cual, antes que nada, necesitaba deshacer los sindicatos y organizaciones que se oponían al sometimiento y buscaban una igualdad social esquiva en el tiempo, un camino de lecturas y pasión y también amor, buscaban una igualdad social ajena a un país que se entregó manso a cada colonización. Debemos recordar que aquel golpe construyó en gran medida (en realidad creo en su completa responsabilidad) esta Argentina, sin libros, sin educación y sin trabajo ni solidaridad, sin lucha ni compromiso. 
A pesar de todo y por suerte tenemos la memoria que espero, no nos deje caer en el olvido para que podamos reconocer que aunque nos duela, el 24 de marzo es celebrado por los negocios sucios, por la impunidad, por el hambre y por los extremados beneficios que poseen todos los días quienes más poder tienen en la Argentina. Por eso no hay que olvidar, para que la memoria nos arrebate con fuerza el alma, para que en el recuerdo aniquilemos al terror que sembró (y sigue sembrando) el poder de los ambiciosos y la soberbia de los anfitriones de turno, para combatir la muerte que está latente en los chicos que viven en la calle, en las escuelas vacías y en los hospitales cerrados, en la esperanza que nos quieren arrebatar. Debemos recuperar las ideas de quienes desaparecieron y de quienes hoy son tratados como desaparecidos; nuestros cuerpos vivos deben ser la prolongación sensata y comprometida de sus cuerpos asesinados. 
Debemos recordar porque la memoria es la única capaz de devolvernos la convicción de que luchando, juntos se puede hacer un país mejor.

viernes, 9 de marzo de 2012

Recuerdos
                                    Por Ariel Fernandez
Aquellas tardes en que nos eternizábamos en la antigua cancha de hockey  del glorioso "Monstruo” o la de fútbol 5 de "Dieguito" en plena madrugada jugando interminables partidos "a la pelota", como llamábamos a esos picados donde poníamos las garras y la pasión de una final.
Cuando conversamos con algunos de aquellos compañeros de infancia, amigos lejanos, cuando podemos vernos y darnos un abrazo, comprendemos que todo aquello no fue un sueño, que algo existió y hacemos coincidir recuerdos y travesuras y pequeñas hazañas que hoy suenan a dislate. Y cuando las anécdotas saltan y se multiplican como grumos de lava viva uno comprende que aquello vivido, compartido, se agranda en el recuerdo; somos felices.
Si hay memoria quiere decir, que detrás, en algún momento, no importa si ahora lejano, existió una historia posible de ser narrada.
¿Se trata de relato entonces? quizás sí y quizás no, creo que más allá de lo que pueda escribir o contar, de esos años pasados o encarnizados en este presente confuso, no queda más rastro confiable que este cuerpo con arrugas y barba desprolija, que intenta a duras penas, convertirse en un hombre de bien.